Mark Twain
Estaba apoyado en el tronco de un árbol. Había encontrado una salida a su cárcel de espejos de plata. Una cárcel sin guardián, con conexión a Internet. Un pequeño habitáculo de seis metros cuadrados con todo lo necesario para sobrevivir. Ni más, ni menos. Sobrevivir. La comida, el café y el tabaco se materializaban durante la noche en el buzón. Y la conexión de alta velocidad le suplía de más datos de los que podría llegar a necesitar en las siguientes tres reencarnaciones. Materia, energía, información instructiva, y pornografía. Joe Stumbler debería sentirse afortunado. Y así lo era.
Todo iba bien hasta que, inspirado por la serie de un hombre americano fascinante, decidió fabricar un explosivo plástico con posos de café mezclados con caca. No funcionó. Aquello fue el germen de una idea que le atormentó durante un tiempo. ¿Y si lo que estaba viendo era mentira? Empezó a buscar desesperadamente una forma de romper el espejo cuando no encontró respuestas en yahoo respuestas. Desconfiaba hasta del reloj de windows.
Probó a lanzarle casi todos los objetos del habitáculo hasta que llegó a la conclusión de que lo único que podría romper el grueso vidrio era lo que le había mantenido entretenido allí dentro. El Arquitecto de todo aquello debía ser un hombre realmente malvado. Pasó días mirando la vieja pantalla de 17" antes de decidirse, hasta que finalmente la lanzó contra una de las paredes-espejo al grito de ¡Bilmaaaa!
En apenas unos segundos el mundo de reflejos que hasta ahora tenía una aspecto firme y uniforme se dispersó en fragmentos irregulares de vidrios rotos. Así empezó todo.
Y ahora, apoyado en el tronco de un roble anciano, miraba fascinado a su alrededor. Las nubes no eran como las había visto en tumblr. No tenían formas de animales, ni de mujeres. Era, sencillamente, cielo. Azul azul. Los colores también eran diferentes. Se miró las manos, y los pies desnudos. Empezaba a olvidar como era su cara. Unas horas antes había descubierto con cierto asombro y resignación que las hamburguesas del McDonalds no eran tan grandes como ellas creían. En ese preciso instante, ante la desencajada mirada de la cajera, Joe Stumbler había tenido su primera revelación mística. Ahora él era el espejo del mundo.



